domingo, 27 de septiembre de 2009

Katmandú

"Flash, en inglés, significa rayo. Un flash es lo que pasa por el cuerpo de un drogadicto cuando, empujada por el pistón de la jeringa, la droga entra en sus venas." Este libro no es un testimonio más de un drogadicto. Es un descenso a los infiernos, un relato de aventuras fascinantes y peligrosas. Su motor: la sed de experimentar y conocer. Su combustible: la droga, todas las drogas. Enero de 1970. De Marsella a Beirut, de Estambul a Bagdad, de Bombay a Benares, en barco, a pie, en auto, Charles Duchaussois se acerca poco a poco a su meta: Katmandú. Su ruta está jalonada por sucesos extraordinarios. En el Líbano se asocia a traficantes de armas y toma parte en la cosecha de hachís. Dirige un club nocturno en Kuwait. En Nepal se convierte en médico y cirujano de los habitantes de los contrafuertes del Himalaya. Por fin llega a Katmandú, destino predilecto de hippies y junkies. Marco Polo de los tiempos modernos, Duchaussois hilvana con honestidad este documento inquietante y terrible, que desnuda los entretelones de un mundo del cual sólo suele conocerse la fachada. Charles Duchaussois nació en Busigny, Francia, en 1940. Tuvo una vida tormentosa y abusó de diferentes drogas. Superada su adicción, relató sus experiencias en este libro, que vendió millones de copias en todo el mundo y fue traducido a varios idiomas.



Está inspirado en Flash, un libro que habla de la droga pesada. La trágica experiencia de la droga. De la época hippie, cuando usaban heroína y se iban a matar a Katmandú, porque allá estaba más barata que en EE.UU. o en Europa, según decía el libro. Acá, gracias a Dios, la heroína nunca llegó. Bueno, yo me basé en eso y cuento la historia de un tipo que está en una fiesta, tipo normal. Conoce una chica ahí dándose una dosis. El prueba y empieza el viaje. Después quiere ir a Katmandú. ¡Es una película el tema!

miércoles, 16 de septiembre de 2009

¿Nene?

-¿Querido, contra quién te revelás que tenés esas cosas en la cabeza?
- Yo no me revelo contra nadie, señora.
- ¿Y para que tenés esas cosas en la cabeza entonces?
- Por... ¿gusto?
- Ah. Gracias querido.
- No, de nada señora.-